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miércoles, 28 de febrero de 2018
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 28/02/2018   
La Plaza de Mayo hay que restaurarla, no remodelarla

Es el lugar más sagrado de la civilidad argentina y pertenece a todos los habitantes del país
Cualquier cambio que se pretenda realizar debe evaluarse junto a las áreas disciplinares involucradas.

El 9 de junio de 1942, a poco tiempo de fundarse la Comisión Nacional de Monumentos, ésta declaró a la Plaza de Mayo como Lugar Histórico Nacional. Aquellos próceres de la preservación del patrimonio actuaban creyendo que las leyes serían respetadas en los tiempos por venir y en la seguridad de que la Historia debe estar presente más allá del tiempo de una generación. Se trataba y se trata de que se preserven los hechos que nos conformaron como sociedad.

Desde hace unos meses estamos viendo, azorados, como se la está poniendo en dis-valor con un des-arreglo ilegal, sin consultar a los diferentes actores sociales del país que tenemos el derecho, la obligación y el conocimiento para opinar. Es la política del hecho consumado.

Ya en 2006 logramos salvarla de un irracional proyecto de la Intendencia de Jorge Telerman para convertirla en una plaza municipalista española de la Edad Media de apariencia posmo.

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Los cambios que hoy se están introduciendo a nuestra ex Plaza Mayor, el “escenario de la vida argentina” -cómo titulamos un libro que con su historia publicamos hace añares- deben hacerse con la anuencia de la mencionada Comisión. Ésta alega que el tema se trató en cuatro (¡!) reuniones y que los ciudadanos que quieran enterarse de lo tratado deben ir a su sede a leer las actas de esas reuniones. Al menos, suena bastante arrogante y demasiado a poco. Correspondía realizar un informe técnico completo, incluyendo las distintas áreas disciplinares involucradas, y darlo a conocer para que se evalúe a nivel país.

Asimismo, como es un bien de la Ciudad de Buenos Aires, su Gobierno debe cumplir con lo legalmente establecido en esta jurisdicción como Área de Protección Histórica (APH N° 1) que establece que “En el espacio propio de la plaza de Mayo sólo se permitirán trabajos de conservación y mantenimiento de los elementos preexistentes. (…) Aceras y calzadas: Se mantendrán las dimensiones actuales de las veredas. Las aceras de piedra original deberán conservarse reponiendo las faltantes con materiales similares (…) Las restantes serán de mosaico calcáreo tipo vainilla color blanco. (…) Forestación: La conservación, reposición y renovación de las especies vegetales existentes se hará atendiendo no sólo a razones paisajísticas sino también históricas y tradicionales (…)” O sea, que estamos ante la presencia de mal desempeño de la función pública de dos jurisdicciones: nacional y municipal.

¿Para qué promulgamos leyes si después no se cumplen, empezando por los funcionarios que las deben hacer cumplir? Hace un tiempito, Sócrates demostró la importancia de acatar las leyes al beber su vaso de cicuta. No estoy pidiendo que nuestros funcionarios lo imiten; sólo que no las violen.

La Plaza de Mayo, como jardín histórico que es, tiene el carácter de obra de arte, significada por cada uno de nosotros y por los acontecimientos históricos que allí se conjugan. Su cuidado debe regirse por la Carta de Florencia (ICOMOS UNESCO).

La imagen que vive en el inconsciente colectivo argentino desde hace varias generaciones es la de la Plaza de Mayo nominada Lugar Histórico Nacional hace la friolera de casi 80 años, y que se correspondía con la de la remodelación de Carlos Thays cuando la apertura de la Avenida de Mayo en 1894. No es posible remodelarla, sino que hay que restaurarla.

Esperemos que el arrepentimiento envuelva a los responsables de este atropello, devolviéndole la vida al patrimonio atacado, abonando los culpables con el dinero de sus propios bolsillos la tan necesaria vuelta atrás.

La Ley 4830/2013 de la Ciudad de Buenos Aires establece las penalidades por destrucción del patrimonio cultural de la Ciudad. Estuvo pensada para castigar a los vecinos, turistas, profesionales y empresas que arruinan lo que se debe preservar. Pero, y si los que lo destruyen son los funcionarios gubernamentales, ¿deberían tener esas mismas penas o, dado que son responsables de cuidar lo que es de todos por nuestra delegación ciudadana de poder (y encima les pagamos sueldos), otras más agravadas?

Los organismos creados ad hoc (Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y Bienes Históricos; Dirección de Interpretación Urbanística; Dirección de Patrimonio), deben respetar y hacer respetar, cuidar, proteger, restaurar, los bienes patrimoniales bajo su tutela y no -como estamos viendo- destruirlos y avasallarlos.

Y, además, que los funcionarios trabajen como deben. Hace un año y medio que solicité a la Comisión Nacional de Monumentos la declaración del conjunto de los parques diseñados por Carlos Thays, con la adecuada fundamentación. Dicen que están trabajando… Hubo infinitas reuniones (muchas más que cuatro…) pero ningún resultado concreto.

Nótese que por la importancia y singularidad de la Plaza de Mayo, la opinión pública se está ocupando sólo de este ejemplo; pero al mismo tiempo están ocurriendo otros desastres, como el descuartizamiento-mudanza-cirugía estética de apuro del monumento a Colón; la ruina del Palais de Glace; el “cósmico” entorno del Planetario; la pérdida de los diseños originales de las plazas; el patrimonio arbóreo diezmado de manera sistemática… Cuando se comete una acción equivocada no se la puede justificar mediante otros ejemplos de plazas “intervenidas” del exterior. Esto es gravísimo, es una cuestión ética y moral, pues entonces podríamos justificar un asesinato porque otros asesinan… Ay querido Kant, ¿quién te lee hoy en día? «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal.».

Una sociedad que destruye su basamento material cae en el vacío: los edificios o parques o centros históricos son los documentos del pasado que fueron dando forma a nuestra identidad como Nación. Otros bienes intangibles nos proveyeron de principios morales que no debemos olvidar, sino honrar y enaltecer con nuestro accionar cotidiano.

 (Sonia Berjman es historiadora urbana)

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