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miércoles, 10 de julio de 2019
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TUCUMÁN
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 10/07/2019   
Homilía de Monseñor Carlos Sánchez, Arzobispo de Tucumán en el Día de la Independencia

“Le dejo mi paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”

Compartimos la homilía proclamada por Monseñor Sánchez, Arzobispo de Tucumán.

Queridos hermanos,

¡Feliz día de la Patria! ¡Feliz Aniversario de la Independencia Argentina!
1. En este 9 de julio, como todos los años desde 1816 estamos reunidos en esta Iglesia Catedral para dar gracias a Dios y alabarlo por lo acontecido hace ya 203 años aquí en nuestra ciudad. Cuando el Congreso, reunido en Tucumán, con representación de las provincias de nuestro suelo argentino declara nuestra Independencia y afianza lo alcanzado hasta ese momento por las gestas logradas principalmente por Belgrano y San Martín abriendo paso a la organización de la República naciente; lo que con el paso del tiempo derivó en la opción por el sistema democrático de gobierno, camino a una auténtica representatividad.

Ponemos nuestra mirada en nuestra querida Casa Histórica donde se juró la Independencia como símbolo que nos llama y nos interpela a construirnos como Casa Común, como casa de familia y hogar; capaces de integrarnos como un único pueblo.

Invocamos la misericordia de Dios para que sigamos construyendo la Patria de hermanos que soñamos y ¡cuánto nos falta todavía!, la Patria unida, la Patria fraterna en justicia, equidad y paz.

2. Acabamos de escuchar el Evangelio del don y el mandato de la Paz. “Les dejo la Paz, les doy mi Paz, pero no como la da el mundo” Nos centramos en la salvedad que nos hace: “pero no como la da el mundo”, para que no confundamos su paz con un simple acuerdo de partes, como silenciamiento de los gritos sofocados de tantos sufrientes y víctimas de injusticias y exclusiones, como si fuera “una paz de cementerios”.
Cuando las primeras generaciones cristianas hablan de paz no piensan, en primer término, en una vida tranquila, con un cierto bienestar. Antes que eso, está la convicción de que todos somos aceptados por Dios y podemos vivir reconciliados y en amistad con Él. Él es nuestra paz.

Es la invitación que nos hace el Señor al final del Evangelio y de la primera lectura: “no se angustien… no teman… la paz de Dios tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes…”

Hay muchas formas de atentar contra la paz, quizás nuevas o antiguas formas de violencias que aunque no aparezcan en los medios, están minando la paz, están socavando la amistad social.

El solo hecho de que una franja cada vez más amplia, generaciones enteras, parezcan condenadas a vivir con menos de lo mínimo, sin trabajo, sin acceso real a la educación, a la salud, a la vivienda digna, sin acceso a la justicia; eso, es también violencia. Aunque no se manifieste, es el grito silencioso que no se puede expresar porque parece no haber esperanza de que las cosas cambien.

Es la inequidad, a la que lamentablemente parece que nos hemos acostumbrado y que se viene instalando hace ya décadas en nuestra provincia y en todos los rincones de nuestra Patria a la que hoy reconocemos como Independiente y soberana.

Parece ser que el hecho de haber nacido en una zona más próspera que otra otorgue más derechos que a los que les ha tocado ver la luz en zonas más inhóspitas, sin poder disponer de los bienes de la sociedad. Hoy más que nunca, dadas las prácticas deleznables de la mala política y de la corrupción, vemos la pobreza no como una desgracia o una maldición sino que más bien parece como una decisión de unos cuantos que instrumentalizan cruelmente esa misma condición dolorosa de nuestra gente para mantener o acrecentar el poder y la dependencia… ¡En un país independiente!. Así, la paz parece más frágil, más lejana.

Como expresaba mi hermano Mons. Oscar Ojea en la Semana Social, en la actualidad "se necesita más que nunca la "pasión por la Patria", porque "es imprescindible recuperar esta pasión para poder afrontar el desafío que nos presenta este tiempo sumamente difícil y duro para los argentinos" , recuperar "la pasión por la justicia y la equidad", que implicará llevar "en nuestro corazón y en nuestra vida los rostros concretos de los hermanos que sufren esta cultura del descarte en la que estamos sumidos", y la "pasión por el encuentro y la paz de los argentinos", promoviendo un diálogo que sea "claro, afable, confiado y prudente".

3. En este contexto, ¿Qué significa la Paz? ¿Que todo esté arreglado? No.
Las instituciones han sido hechas justamente para garantizar esa paz y ese bienestar no excluyente de todos los ciudadanos de nuestro pueblo.

Por eso una forma excelente de alcanzar esa paz es garantizar el sano funcionamiento de esas instituciones de la democracia. El verdadero equilibrio e independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, no podemos darlo por supuesto. No se da de una forma automática. Hace falta honrar esas instituciones con una conducta nueva.

Escuchamos en la Palabra de Dios “…Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza debe ser el objeto de nuestros pensamientos…, poniéndolo en práctica para que el Dios de la paz esté con nosotros”.

Otro camino que hay que recorrer es el diálogo maduro y sincero entre los distintos sectores políticos, que se privilegie en respeto a las personas, que pueda darse con valentía el espacio para la escucha mutua, que antes de descalificar personas, se puedan proponer y discutir ideas.

Dice el Papa Francisco:

…Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.

Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social.(EG. 239 - 240)

El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada» (EG.230)

4. No debemos olvidarnos de las generaciones nuevas. Si somos responsables, nos daremos cuenta de que somos nosotros, los adultos los que debemos abrir caminos, formar una nueva dirigencia, un nuevo liderazgo, inspirado en estos principios republicanos que nos hablan de derechos y deberes fundamentales para construir día a día el Bien común. La educación en los valores fundamentales de la persona humana para vivir con dignidad y en sociedad.

Quizás sea el momento de reflotar un camino que iniciamos hace unos años atrás desde la Iglesia, abierto a generaciones jóvenes de partidos políticos, sindicatos, periodistas, empresarios, docentes. Fue lo que llamamos Escuela de Formación de Líderes, con una buena repercusión en nuestro medio y hoy más que nunca es más que útil, más bien urgente.

No olvidemos que la responsabilidad es de los adultos, desde la dirigencia sea política, social, sindical o empresarial, y hasta de nosotros como pastores, el compromiso indelegable es la ejemplaridad. Sin ese aporte de ejemplo real y concreto de espíritu republicano, respetuoso de las personas, respetuosos de la vida, de toda vida, sobre todo la de los más vulnerables, no podremos alentar a los jóvenes, que vienen avanzando como futuros factores del Bien común en la vida cotidiana.

Una sociedad que ama y defiende la vida de todos, especialmente la de los más pequeños y frágiles, desde la concepción y en todas las etapas y circunstancias del ser humano, es la sociedad que puede conocer la Paz y dar la Paz a las generaciones futuras.

Nuestros congresales pensaron en nosotros por eso fueron valientes y esforzados para que hoy seamos libres. Recibamos dignamente ese legado.

Los hombres de fe de nuestra Patria queremos aportar al bien común de nuestra querida Argentina los valores trascendentes y evangélicos de nuestra profesión, agradezco la presencia de los hermanos de distintas religiones y denominaciones cristianas en este Te Deum y esta presencia es compromiso de ser Nación en diálogo y comunión fraterna, todos hijos de Dios y, para los no creyentes, todos sin excepción, hijos de esta bendita tierra Argentina y por tanto hermanos.

Invocamos a la Virgen de la Merced, nuestra madre, celestial protectora de nuestra Patria y que mucho tuvo que ver en la Independencia, para que nos alcance del Señor la luz, la decisión y el coraje de ser una Patria de hermanos que viven y se comprometen por la vida, la justicia y la paz.

 (Prensa)

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